SIBERIA

SIBERIAPodría aceptar la frialdad y asepsia que desprende este ejercicio de cine negro mezclado con la típica historia de perdedores que descubren el verdadero (último) amor mientras están en un viaje sin retorno. El tempo es lo de menos en ‘Siberia’. Un tempo que ya ha sido empleado hasta la saciedad, pero infinitamente mejor, en otros films, caso de la reciente ‘Gorrión rojo’ (que no tiene nada que ver con ‘Siberia’, más allá de cierta buscada suciedad e incomodidad en las escenas sexuales) o de la excelente ‘Gorky Park’, que aun siendo un relato de espionaje (o del fin del status quo de la Guerra Fría), ahondaba en lo mismo que hace (pero en la superficie) esta peripecia con un Keanu Reeves tan hierático como de costumbre, pero decididamente menos por la labor que en su (ya) trilogía de ‘John Wick’: el engaño. Lo que sucede con ‘Siberia’ es que su trama principal termina resultando más falsa que esos diamantes que lleva a cuestas el personaje principal. Y que jamás logra encontrar esa otra piedra preciosa que le redima y le salve de perderse en el olvido. Olvidable es, finalmente, esta película, que va pasando morosamente sin que en el fondo sepas si esos mafiosos rusos son de broma, si ese cadáver que abre los ojos porque debe pensar que ya han dicho ¡corten! o si los apuntes sadomasoquistas son un contraste al triste polvo que echan nuestros atribulados héroes. Queda, eso sí, la idea, apuntada pero jamás mostrada con convicción y acierto, de una Europa falsa, muerta y criogenizada. Exactamente lo que termina siendo ‘Siberia’.

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