OTRA VUELTA DE TUERCA

OTRA VUELTA DE TUERCA‘Otra vuelta de tuerca’: una grata alternativa a ‘La maldición de Bly Manor’ que reafirma la versatilidad del libro de Henry James

La obra de Henry James vuelve cada cierto tiempo a la pantalla, para recordarnos que ‘Otra vuelta de tuerca’ alberga dentro de su extensión de relato largo o novela corta, infinitas posibilidades de interpretación, algo que demuestra el hecho de que este 2020 haya visto dos versiones diferentes, una para cine, producida por Amblin, la compañía de Steven Spielberg, y otra para Netflix, la exitosa ‘La maldición de Bly Manor’ (The Haunting of Bly Manor, 2020).

En el caso de la serie de NetflixMike Flanagan optó por centrarse en la adaptación de Jack Clayton ‘¡Suspense!’ (The Innocents, 1961), tomando la canción para esta ‘O Willow Waly’ como base para escribir una oda al amor fantasmal que aprovechaba para introducir muchos más relatos de horror del autor como base de cada personaje, en una estructura casi antológica. Sin embargo, el relato central daba tantas vueltas a la tuerca que se alejaba mucho de la idea principal.

OTRA VUELTA DE TUERCA

Siendo una obra más modesta, menos ambiciosa y muchísimo más concisa, esta nueva ‘Otra vuelta de tuerca’ decide tomar una senda más abstracta, que camina entre el relato de fantasmas tradicional gótico y el retrato de una personalidad femenina fracturada en la tradición del cine de Polanski, tomando el elemento psicológico alrededor de la institutriz presente en la novela para llevarlo hasta las últimas consecuencias, donde el habitual ritual de llegada a Bly y conocer a los niños es tan solo un eco introductorio.

Gótico marchito y miedos femeninos

Porque ver las sucesivas adaptaciones de ‘Otra vuelta de tuerca’ es como un tobogán de situaciones diferentes, matices y variaciones que siempre empiezan con una niñera penetrando en un mundo de tinieblas con los mismos elementos: una gran mansión, un par de niños problemáticos o una Mrs. Grose variable, que en esta ocasión no puede ser más diferente a la encantadora y cálida que presenta la serie, siendo aquí interpretada por una arisca y misteriosa Barbara Marten.

Sin embargo, cada versión hace que el viaje de la niñera, aquí llamada Kate, sea una experiencia muy diferente, proponiendo un abanico de realidades que van desde las miradas más realistas y centradas en las relaciones entre personajes o el drama, como la de 1999, a las más perversas, mucho más atentas a las implicaciones sexuales más turbias, como la de Eloy de la Iglesia. La de la directora Floria Sigimondi se mueve en un terreno conocido de cine de fantasmas, pero se dedica a ir desmenuzando la realidad, creando la que puede ser la visión más abstracta de la historia hasta ahora.

Con elementos ocasionales de la locura visual de la de 1992 y la temperatura de colores de ‘Los Otros’ (2001), la mirada de Floria Sigimondi lleva la historia al terreno de su universo estético heredero del videoarte y el videoclip —ha trabajado con Bowie o Marilyn Manson— estableciendo un escenario frío y decadente, dotando a la arquitectura de una vegetación parásita que la conecta con las revisiones eslavas para adultos de cuentos de hadas como la obra de Juraj Herz, empapando la mansión de referencias prerrománticas y artísticas.

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Atmósfera antes que sustos

Desde el cuadro ‘Abadía en un bosque’ (1809), de Caspar David Friedrich, a la reinterpretación de los grandes surrealistas, vía maniquíes siniestros, el diseño artístico de la película es una delicia y siempre permanece en un segundo plano, centrando sus elementos de horror en la atmósfera, muy alejada de la película de fantasmas tipo universo Warren que muchos tratan de encontrar en ella, y desmarcándose también del subrayado visual evidente del terror de la escuela A24, a veces más preocupado en la simetría cuqui del encuadre o la recreación de composiciones para el espectador, que en presentar un mundo inquietante para los protagonistas.

Aquí, Sigismondi desata su universo visual de espejos rotos, plantas marchitas, óleos y mobiliario acumulados en habitaciones destartaladas para crear un laberinto maligno para su protagonista, que no deja de ser una proyección de sus propios temores y trampas de la memoria. ‘Otra vuelta de tuerca’ utiliza los fantasmas como la sugerencia de un recuerdo que tiene implicaciones terribles, que dejan la interpretación de la masculinidad tóxica en un margen elegante, pese a la obviedad de la visión del Quint abusivo.

La exploración de los secretos de la casa, y la aparición de antiguos habitantes, cuerpos ahogados y espectros que acorralan una mente femenina frágil por su inseguridad y dolor, conecta esta versión con clásicos ocultos de mujeres psicóticas como ‘La maldición de los Bishop’ (Lets Scare Jessica to Death, 1971) y la repetición de ciertos elementos y recuerdos traumáticos desde diferentes perspectivas nos lleva directamente a la puerta de barrotes de metal de ‘¿Qué fue de Baby Jane?’ (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962).

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Matrioska de trauma y recuerdos a carboncillo

Si bien hay algunos sustos o apariciones más acordes con el cine de terror actual, la plasmación de los fantasmas es sorprendentemente retro, utilizando la postproducción de una forma tan sutil que puede ser confundida con simple o poco inspirada. Nada más lejos, los espectros son aquí formas reconocibles por pareidolia, manchas en movimiento que emulan las emulsiones distorsionadas de las viejas fotografías espiritistas, que no rompen la burbuja de pesadilla victoriana del film.

Todo está coronado por la etérea aparición de Miss Jessel, flotando en los títulos de crédito como una obra fotográfica en movimiento de la directora. Unos créditos que en esta ocasión son parte de la interpretación de la película, que tiene un final un tanto abrupto que deja la impresión de que queda algo por decir en la película y que le ha llevado, probablemente, a ser recibida de forma exageradamente agresiva en la valoración crítica, simplificando la valentía de una decisión que deja varias posibilidades para la interpretación psicoanalítica.
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Porque ‘Otra vuelta de tuerca’ es mucho más de lo que aparenta a simple vista, ya que el camino a ese polémico final llega plagado de señales, rimas simbólicas y detalles para el espectador, desde tatuajes, reflejos que revelan la verdad, las pinturas, códigos de color para establecer el tiempo en el que se ubica el relato a cada momento —el dato de la muerte de Kurt Cobain tiene más importancia de lo que parece— y una visita a su madre ausente en la novela que sirve aquí como palanca de reinterpretación de todo lo que hemos visto.

Un final polémico pero con sentido

Su resolución de último segundo, para la que pudo servir de inspiración cierta secuencia onírica de ‘El imperio contraataca’ (The Empire Strikes Back, 1980), lleva su coda ambigua a la revisión del film como el propio infierno cíclico y viviente de la protagonista, que Mackenzie Davis borda pasando por distintas fases, desde una personalidad fuerte a la fragilidad y la ruptura mental, que muestra, sin tantas referencias a un momento actual concreto, como otras películas de horror dirigidas por mujeres este año, todo un descenso a los miedos femeninos.

Los niños aquí tienen menos peso, pero no menos perversidad, con una extraña Brooklyn Prince como Flora y Finn Wolfhard componiendo un Miles adolescente más perturbador, sensual y agresivo, que deja la tensión sexual entre la institutriz y el chico más presente en el aire, pese a nunca estar llevada hasta un punto similar a la de Clayton, dejando otra capa de riesgo a su propuesta, más afín al Lynch de ‘Mulholland Drive’ (2001) que a la clásica visión del cine de fantasmas de los 90.
Otra vuelta de tuerca’ tiene problemas, se nota una postproducción con montaje turbulento, pero el resultado no deja de ser una propuesta inusual sobre temas que el cine de terror viene representando los últimos años, incluido este y la inferior ‘Relic’ (2020). Siguiendo la misma tendencia sobre el horror a heredar lo que no podemos evitar, deja una de las interpretaciones de James que mejor entienden el poder de una maldición, un relato cruel sobre la imposibilidad de cambiar el pasado —o el futuro—, que ante todo se erige como la enésima muestra de la elasticidad del original, donde esta se verá, ya cuando se asienten los haters y sentencias inamovibles de redes, como una de las versiones más valientes del texto.